miércoles, 10 de diciembre de 2014

Claroscuro







Está frente a mí. La botella de whisky está plantada, allí, en la mesa, y la miro de reojo, al tiempo que un escalofrío recorre mi cuerpo. La borrachera de la noche anterior sigue latente hoy, la siento en mi sangre, en el palpitar de las sienes, en mi tufo maloliente, en el calor y el tiritar de mi cuerpo. «No quiero beber más» y, sin embargo, ahí está Chivas, con voz venida de todos lados, directo a mi cabeza:
—Pero sí quieres un poco más —su sonrisa diabólica es ronca, única—. Vamos, mierda, que aún me queda un concho. Mátalo. ¡Vacíame!
Y, como atraído por un imán, destapo la botella y de ella misma bebo el pequeño sorbo. Vaciada. Ahora la culpa puede burlarse de mí, tal cual hace Chivas, o Johnnie, o alguna espumosa, rubia y helada cerveza, algo más retocado y menos dañino. Pero la culpa es igual al final. La noche anterior discutimos con mi pareja, alegó que llevaba tres días pidiéndome sexo, o que al menos besara su flor para que pudiese acabar. Hoy lo intenté, y pese a que levantó su trasero de manera tal que tenía su ano y su vagina justo frente a mi rostro, después de un par de mordidas por sus glúteos, de masturbarla y lamer sus pliegues, Chivas seguía en mi mente, burlándose. «No puedo hacerlo», dije. «Terminarás consiguiendo que lo nuestro acabe» respondió. Entonces le dije que si, al menos, se detuviera a pensar que vivo —y duermo— con monstruos en mi cabeza todos los días, quizá, podría comprender. Entonces tapó su desnudes, y la perfecta curvatura de sus senos y muslos desaparecieron bajo las sábanas. Lloré desamparado a un costado de la cama, quizá, esperando algún consuelo de su parte, pero lo que conseguí fue su mutismo. Lamenté que no quedara alcohol. Tampoco dinero. Sin entender el por qué, me largué al baño y, casi sin notarlo, sin motivo aparente, comencé a jalar el forro de mi pene. Éste comenzó a crecer lento, hasta alcanzar las dimensiones normales de toda la vida. De una excitación venida de la tristeza, comencé a sentir placer cuando la botella de Chivas Regal tomaba forma de mujer —la llevé conmigo pese a estar vacía—, y la boca de ésta se tornó en labios carnosos. Entonces ella fue directo a mi entrepierna; cada vez que mi glande entraba por la cueva, de mezcla de vidrio y suave carne de labios, mi pene se emborrachaba, mis muslos se tornaban rígidos, mis brazos estaban tensos sujetados al inodoro. Placer infinito. 


Cuando todo acabó, no hubo botella cerca, ni algún olor a alcohol —excepto el mío que, aún, quedaba de la noche anterior—, tampoco rastros de semen. Todo lo que vi fue el suelo meado por todas partes. ¿Es que había alucinado con una mujer? No, siquiera fue eso. ¿Aluciné con labios compuestos de alcohol que me daban sexo oral? ¿En qué nivel me encontraba? ¿Era esto alcoholismo o, aún peor un delirio absoluto? Pregunté a mi mujer cuánto había pasado desde aquella vez en que me negué a complacerla, pues eso daba un indicio que —justamente la noche anterior a ese día— tomé por última vez. «Cuarenta días» Respondió. Las sienes de mi cabeza palpitaron como latigazos imposibles, sufría de lagunas mentales, y tras escuchar que pasaron esos días algunas imágenes, fotografías, fui capaz de recordar: salí de un bar y tres tipos discutían algo conmigo, uno de ellos me dio un golpe con su puño justo en la ceja. Instintivamente me llevé la mano hacia esa zona, pero no había rastros ni dolor. Otra imagen: crucé la Alameda en dirección al centro de Rancagua, no miré a los costados ni tomé atención a semáforos, mientras un tipo gritaba con euforia algo que no recuerdo. Entonces ahí estaba la voz de mi mujer nuevamente, consoladora como siempre. «Dicen que si todo sale bien, tras un año podrás salir de aquí» «¿Salir de dónde?» Pregunté. «De aquí…» Con dificultad, intenté enfocar lo que fuese. Justo encima de mí, en el techo, vi luces que me cegaban. Mis brazos estaban amarrados. Desesperado, grité. «¡Enfermera!» Llamó mi mujer, y, sin demoras, llegó una mujer obesa, de pelo negro hasta los hombros y mirada seria, con tres jeringas. Antes de ser drogado y volver a dormir, mi amante verdadera, Chivas, me confesaba que me tenían aislado con camisa de fuerza. 
—Está esperando un bebé de otro hombre. Tu mujer.
—Pero eso no puede ser —dije—. Ella dijo que me ayudaría con mi problema.
—Y lo está haciendo —dijo la botella de labios complacientes—. Te trajo hasta acá porque, de otro modo, serías un saco de huesos enterrado bajo tierra.
Y en sueños, mientras me sentía limpio, vivo y puro. Aún en ese estado, en ese lugar sin nombre, volví a sentir aquella sed única, incontrolable. Chivas lo supo y se apareció.
—¿Quieres que te complazca de nuevo?
—Sí.

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*Ilustrador All Gore
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martes, 9 de diciembre de 2014

Un polvo

Justo en el limbo entre fantasía y realidad. En el momento de la realidad y de entrar en sueños, siento cerca de mi oreja una brisa ligera que acusa un movimiento con más de un propósito. De pronto, abro los ojos y. con lo poco que queda de luz en mi habitación, distingo una sucia polilla. Rebotaba y rebotaba, una y otra vez golpeándose tal puta masoquista entre mis sábanas de sudor. Las polillas son necias, pero aun con su ciega mirada, me indica que la deje en paz, es simplemente un show previo a quedarse ella dormida. Que es una vieja costumbre, dice ella. 

Compartimos la habitación, los bostezos, luego la sufrida calma y, al fin, un eterno silencio que se tradujo en estar absorbidos en largo letargo. 

Acabo de despertar. Me duché por horas, y aprovechando mis poros abiertos por el vapor, rasuré la indecente barba acumulada. Cinco pasos a la derecha. Ya estoy en la cocina y noto que el caregallo se despide de la redonda señora gárgola. Tomo un vaso. Tres cubos de hielo. Lo mezclo con dos de café y tres de azúcar. El sabor de la leche incluida me hace dar cuenta que es otra mañana más. Entonces tomo asiento, termino el café y miro hacia el techo buscando a mi amiga. Sólo quedan sus huellas y el polvillo gris de su flor. 

De seguro viene al anochecer. 

jueves, 4 de diciembre de 2014

Perkin


Parte uno

Ven a mi reino y hazme sentir la amargura que llevas dentro.
Te invito a que celebremos tus errores.
A que te des cuenta
que vives con culpa.
Y te sientes así de triste...
Acá ni siquiera logras derramar lágrimas,
Y si hay, 
todas las veo rojas.

Acá todo es negro y rojo.
Huele a sal quemada. Arde.
No puedo soportarlo.
Ven, hijo mío, y cuéntame qué es de tu vida.
Ex vida.
¿Por qué te divorciaste de ella?
Ha claro, has asesinado a tu familia, luego te diste un disparo
en la boca y estas acá.
Eso tuvo que doler, ¿verdad?
Ya lo creo.
Veamos, te tengo dos misiones.
...

Cadenas o flechas.
Con las dos la bienvenida será dolorosa, así que no te tomes
Mucho tiempo en pensarlo.
...

¿Y qué pasó?
Sí claro, cadenas.
Bueno, serás mi perkin. Te daré figura de caballo negro.
Entonces te amarro y te doy azotes con cadenas.
Y como sangras mucho y mucho te quejas,
Te acaricio y te digo que sólo es la bienvenida.
No mueras ahora querido, es un largo camino hacia mi reino.

Parte dos 

De pronto, entre pastos donde todo lo completaban espinas gigantes de puntas sangrientas, aparece un joven guerrero. Su cara no indica rencor alguno, ni siquiera se muestra preocupado. Está de visita, es cierto. Pero hace muchísimo tiempo atrás, él había demostrado que ésas hubieran sido SUS tierras. Nuestro protagonista comenzó a sentirse incómodo debido a que el joven misterioso no demostraba ningún sentimiento. 

¡Ojos fijos en él! 

Cabellos largos y ondulados se dejan caer sobre sus hombros. Lleva un collar que indicaba luz entre tanta oscuridad. Y eso perturbaba a nuestro protagonista, lo ciega de tan potente energía. 

¿De dónde proviene esa fuente? ¿Quien está frente a sus ojos? 


Bueno, ¿y qué?
De todas maneras no me intrigas, pollo.
¿Ves a mi caballo con cara de hombre arrepentido?
Si, sí, sí...
Ya sé que por eso mismo estas acá parado.
Pero estas son mis tierras ¿Sabes?
Dudo que quisieras indicarme qué Diablos hacer.
Diablos, me he nombrado torpemente.
Sangre oscura, aires de polvo desolado.
Paja hirviendo de celos y rabia.

Cadenas

Éste es el servicentro del pecador ¿Sabes?
Si, sí. Ya sé que sabes.
Míralo así, hermano. Qué tal si te haces a un lado y dejamos esto así.
Entonces avanzo, y el joven misterioso se pone delante del camino.
Estas empezando a irritarme ¿Sabes?
Voy a sacar mi mejor arma para acabarte.
El terror humano que existe lo manipulo, la ignorancia.
Cada persona peca de ser ignorante.
Tomo fuerzas y utilizo el alma humana más débil, 
que resulta ser mi arma favorita.
Miles y miles de milenios bajo mi poder.
Esperando ser utilizada en un ser puro.


Parte tres

No entiendo por qué...qué ha pasado.
¿Qué es esto?
Cielo azul, huele a verde. Veo bocas formando sonrisas sobre mi cadáver.
Hay dos maneras de resolver ésto...
No, no puedo explicarlo.
Ya nunca más veré ignorantes.
Todos sabrán que existe un supremo, que cuando se decida
podrá hacerme pedazos.

El joven misterioso ha cumplido con su tarea encomendada desde más allá de la Oscuridad.

FIN 




A un Paso

Nota: de este corto relato es probable que haya nacido parte del relato No Existe el Perdón. Siendo sincero, sólo hace treinta minutos y tras revisar y estar editando viejos textos, entro en cuenta del detalle.
Paul Eric.




Sólo en su mente estaban sus nombres, los de su esposa e hija. Ahora, no era capaz de pronunciarlos; tomó la decisión de disparar en sus cabezas. Tuvo la valentía, en ese momento, pero —ahora— no se atrevía a llamarlas. Resultó curioso: en sus muchos años de servicio no se atrevió a disparar un arma. Y en éste momento estaba con escopeta en mano, pasmado, seducido e hipnotizado al ver la mezcla de sangre roja —casi negra— con colores blancuzcos y amarillentos que, en su ignorancia, dedujo como materia gris. Por delante, el rostro de su pequeña hija, era un forado de varios centímetros donde los ojos (antes de un verde claro) se mezclaban ahora con sus labios podridos y un grueso hilo de baba que no terminaba de caer en la alfombra de la habitación. 

La imagen de su mujer era completamente distinta, pues el disparo fue certero y toda perfecta facción hubo desaparecido. Sólo en el muro de colores rosados y lilas, con dibujos infantiles, quedaron las huellas del asesinato: un enorme chorro de sangre estaba por encima de todo. Un ojo estaba allá lejos, en la esquina, a un costado de la pequeña cómoda; con repugnancia reconoció que pertenecía al cadáver de su mujer. Sin embargo, con dificultad, se tragó el asco, después de todo ya estaba hecho. Sólo faltaba él. 

Tanteó el bolsillo derecho de sus pantalones de tela negro y sufrió un escalofrío que recién en ese minuto le hizo dar cuenta de lo fría que estaba la habitación. ¿Cuántas pastillas habría en la caja? No importaba, las tragaría todas. Miró los cadáveres que tenía enfrente y que, de alguna manera, quedaron lo bastante juntos como profesando su amor ante la amarga, ingrata muerte. Tuvo tiempo para pensar si sería posible que un cuerpo inerte pudiera sentir amor. Ridículo, concluyó. 

Lágrimas se dejaron caer por su rostro de barba desordenada. Se quebró, y con esa mezcla de sentimientos de culpa y temor absolutos, comenzó a tragar una a una las pastillas. Luego lo hizo de a dos, tres…